Desde siempre la economía de Palau se ha basado en la agricultura y la pastoreo. Los habitantes del valle del Liscia, los Liscesi, se han dedicado habitualmente al cuidado del ganado, realizando la trashumancia a lo largo del recorrido del río para desplazarse hasta las zonas costeras más cálidas en invierno y regresar al interior en verano. Este río desempeñaba un doble papel: por un lado el limo que dejaba en el terreno tras las inundaciones servía de abono, por el otro, los charcos de agua que quedaban representaban un excelente caldo de cultivo para los mosquitos de la malaria, que por aquel entonces plagaban casi todas las zonas costeras de Cerdeña. La única defensa era alejarse de las costas durante el verano, cuando el peligro se hacía mayor. Durante los largos meses invernales los Liscesi se dedicaban a la agricultura, preparando, sembrando y cultivando los campos alrededor de lo stazzo de cereales, hortalizas, fruta y vid. A esto hay que añadir el cuidado de cabras, vacas, ovejas y cerdos, además de la producción de pan, quesos, miel y lana, lo que permitió a los pastores transformarse en sedentarios y autosuficientes y además comerciar las limitadas excedencias.

A partir del siglo XIX el desarrollo de Palau ha estado relacionado de manera directa con el de La Maddalena, debido a la presencia militar y al consiguiente reforzamiento del sistema de defensa de sus fortalezas. Durante la Grande Guerra, como se conoce en Italia a la Primera Guerra Mundial, Palau servía de centro de distribución de hombres y materiales, ya que el cuartel de Montiggia representaba el punto de partida para muchos soldados que estaban a la espera de ir al frente. Tras el conflicto bélico, el pueblo sufrió las consecuencias de la cesación de las actividades relacionadas con las necesidades militares y experimentó la cuantiosa emigración de sus habitantes. Hacia finales de los años cincuenta tuvo lugar la recuperación económica con las primeras instalaciones turísticas, que fueron evolucionando de forma paulatina hasta convertirse en verdaderos centros turísticos. A principios de los sesenta, cuando el Aga Khan empezó a organizar la Costa Esmeralda, un grupo de empresarios se percató del enorme potencial turístico de esta zona. Sin embargo quien jugó el papel protagónico en la transformación de Palau como destino turístico internacional fue el visionario conde español Rafael de Neville que, embrujado por la belleza del lugar, fundó el asentamiento más famoso de la zona y le dio su nombre: Porto Rafael. Su perfecta ubicación entre las rocas, la vegetación mediterránea y el mar, sus casas construidas según el gusto local y perfectamente mimetizadas entre las rocas y los enebros de la costa, hacen de Porto Rafael la perla del Mediterráneo que todos nos envidian.

Lo que sigue es historia contemporánea… Tras perder la idiosincrasia de pequeña aldea Palau se ha transformado en un pueblo moderno, que dispone de un puerto turístico muy bien equipado, y además en una escala para las grandes compañías de navegación con destino a la península italiana. Por lo tanto Palau debe su desarrollo al turismo, algo que se hace muy evidente en verano cuando el pueblo pasa de 4.200 a 35.000 habitantes.

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